martes 15 de marzo de 2011

Los finos harapos de la soledad III

Esa tarde iba a llover. Ella lo sabía, no por el gris del cielo, si no, porque sus rodillas les estaban doliendo con persistencia desde la noche anterior. De todas maneras, no podía fallar. Se cubrió con delicadeza usando su improvisada frazada, tanto o más raída que su vestido. Evitaba renguear, levantando la vista y estampando con impronta su presencia tal como lo hacía en su juventud, altanera, cuando se paseaba entre las amistades en esos inolvidables ágapes de verano en casa de papá. “Esta vez no va a ser distinto”, se decía en voz baja para darse ánimos. Suspiró y continuó hasta llegar a su destino.

Se sabía el camino de memoria. Podía llegar con los ojos vendados y no tropezaría con nada, ni siquiera con los perros vagabundos que en ocasiones visitaban el lugar. Se sentó, en silencio y cerró sus ojos. De pronto, un par de lágrimas cayeron, las que fueron secadas rápidamente con su rústico atavío. Mete su mano derecha por su cuello, entre sus ropas y saca un rosario, que se notaba era antiguo, pero de incalculable valor. Era el mismo que quiso vender en algún momento, cuando el hambre calaba hasta la médula, pero que a último momento se arrepintió. El mismo que quiso destruir cuando su fé se extinguía, vomitando odio por ese, por decirlo de cierto modo, sagrado ícono que alguna vez veneró. Se lo había dado su padre. Amado padre. Vuelve a cerrar sus ojos y comienza a orar mentalmente.

La tarde pasó de gris a casi penumbra con esos nubarrones que avisaban del diluvio inminente. La tos atacó como casi todas las tardes, recordándole que su problema a los pulmones no había cesado y que al contrario, se agravaba. Fue tan potente su ataque, que una pequeña niña de inocentes ojos pardos la quedó mirando mientras caminaba errante por los pasillos. Sus miradas se cruzaron, ella, sentada y la pequeña, inmóvil en medio de la intersección de pasillos. Un imán hacía que no se quitaran los ojos de encima, como si trataran de escudriñar y descubrir que había detrás de los ojos de la otra. De pronto, una mujer joven se acerca a la menor, le cubre sus castaños cabellos con un delicado sombrero y se la lleva tomada de la mano. Se despiden, la niña con una secreta seña con su mano izquierda y ella, apenas levantando sus dedos que tenía apoyados en sus rodillas. Todo vuelve a la normalidad. Sola, en medio de la nada.

Luego de unos minutos, se acerca una humilde mujer, cercana a los sesenta años, que se sienta junto a ella y con una escoba en la mano, que la sacude despacio en el suelo le dice: “Se fueron”. “Sus ojos son dulces”, respondió con melancolía. “En un momento pensé que me había reconocido, no sé, fue extraño, innato”, prosiguió. “La sangre tira, señora mía”, replicó la barrendera con cierta picardía, golpeando con su hombro el de ella, sacándole una tímida sonrisa al mismo tiempo que sus ojos estaban brillantes, a punto de brotar una cascada de lágrimas. “Es igual a mi niño”, concluyó triste la menoscabada mujer. “Vamos, levántese y vaya”, la estimuló su nueva compañera, “Yo la llevo, afírmese en mi”, la arengó. Ya ahí, se sentó como pudo y con sus manos tocó la lápida.

“Estoy acá, como todos los años. Sabes que no te fallaré jamás”, fueron sus únicas palabras. De lejos, la barrendera del cementerio miraba con respeto la escena. Sabía toda la historia. Sabía todo el dolor y el desconsuelo que ha vivido la pobre mujer. No podía entender, que desde que murió su padre, ella salió de su casa, casi huyendo porque ya no podía seguir viviendo allí. Era increíble pensar que luego de tener el mundo a sus pies, un matrimonio que parecía ser perfecto, dos hijos y una fortuna que podía mantener por más de ocho generaciones, iba a terminar viviendo de limosnas. Parecía una novela, pero como en su ejemplo, la realidad siempre es más cruel.
Llueve. Pero no parece importar.

Esparció el agua de lluvia por la losa con sus manos, lavando el carísimo mármol con la inscripción de su padre, olvidando por completo el que estaba a un costado. Claro, nunca le perdonó el trato de su madre y su suicidio fue un alivio para ella y su progenitor. Es que esa mujer nunca pudo entender que el lazo que existía entre ambos era indisoluble. El amor que se profesaban era mucho mayor que el de un padre con su hija y el que la alcohólica y desquiciada mujer los pillara desnudos en su propia habitación desencadenara su fatal desenlace, no iba a mitigar jamás su amor incondicional por su primer hombre, su progenitor. Esta vez no hubo palabras de odio en contra de su madre, solo un beso a la lápida de su padre y un largo silencio. La barrendera no necesitó escuchar el mismo discurso de siempre, porque se lo sabía de memoria: “Acá yaces tú, sin poder descansar, porque sabes que él me amaba solamente a mi. Nunca te preocupaste por él, siempre estuvo primero tu botella de ginebra antes que mi padre. Pobre hombre, te buscó siempre, tratando de sanarte de ese asqueroso mal, hasta que crecí y le di lo que tú nunca pudiste darle… Amor”. Ambas siguieron en silencio, casi en la total oscuridad. El ruido de la intensa lluvia golpeando las distinas lápidas y mausoleos eran el marco musical de esta jornada. Finalmente y como en cada aniversario de la muerte del anciano, ella fue invitada por la aseadora del campo santo a pasar la noche y secar sus ropas, porque como era habitual, el cielo lloraba mares, mientras ella se mantenía íntegra frente a la tumba de su hombre, su primer hombre.

jueves 15 de julio de 2010

Antropomúsica #32: Mi caramelo - Bersuit Vergarabat

La vida es cíclica. Muy bien dicen eso y es justamente lo que sucedió con Rubén, donde, por culpa de la vida o de él mismo, no tuvo lo que quiso en su momento y el tiempo le dio una segunda oportunidad.

Rubén, en el tiempo del colegio, tenía una compañera que le quitaba el sueño. Sus adolescentes años estaban perturbados por esta virginal belleza. Pelos dorados y sonrisa amplia. Unos grandes ojos almendrados y una figura hecha a mano. El cuerpo ideal, voluptuoso, con mente de niña. Mezcla perfecta, pero Rubén no estaba a la altura de las circunstancias y no pasó de ser un buen amigo de Pilar. Ella disfrutaba mucho de la compañía de este ansioso joven, se reía a gusto con las infantiles bromas de él, pero cuando Rubén aparecía con los juegos de conquista, ella daba marcha atrás y se escabullía entre sus compañeros. En una oportunidad, Rubén se declaró, pero ella, solo atinó a sonreírle y dar las gracias. Nada más podía entregar.

Pasó el tiempo, el suficiente para que él hiciera su vida. Comenzó a estudiar en la universidad, de hecho, se cambió de ciudad. Luego, sin detenerse, entró a una prestigiosa empresa y en ella conoció a la que finalmente fue su esposa. Todo marchaba bien en la vida de Rubén. Veinteañero y exitoso, pero como todo lo que está arriba, baja, lo que baja, en algún momento debe subir.

Cierta tarde, después de la jornada de trabajo y cuando Rubén se dirigía a los estacionamientos de la empresa, ve pasar por las afueras a Pilar, junto a dos mujeres más, que entre la conversación y el apuro del destino de quien sabe donde, se pierde entre las sombras del escenario. De inmediato, Rubén se congela y su corazón se detiene. El amor de infancia, el primer amor, la persona que le revolucionó las hormonas por primera vez, esa rubia que aprendió a usar el jumper ajustado y a caminar sinuosamente, la misma que le dijo que no cuando estaban en último año de enseñanza media, pasó frente a él. Hermosa y vaporosa. El pasado se hace presente, pero nuevamente, deja de ser.

Han pasado los días y a Rubén aun le ronda por la mente ese fugaz encuentro. Encuentro para él, porque para ella, él es parte del pasado. Rubén no logra conformarse con aquello y comienza a estar atento a cada persona que pasa junto a él. Quizás cuantas veces se toparon y no se vieron. Quizás en cuantas oportunidades él pudo tenerla entre sus brazos, pero no se dio cuenta. Esta especie de obsesión lo hizo ir al psicólogo. La solución era sencilla. Si él deseaba despejar su mente y recuperar el vacío en su matrimonio, era necesario alejarse un tiempo de ella, aunque sea mentalmente.

La terapia no dio resultado.

Todas las tardes esperaba en su automóvil, pero Pilar no pasó más. Se metió a Internet, con esto de las tecnologías y la conectividad virtual, era posible encontrarla y justamente, ella apareció. El corazón del encandilado Rubén se detuvo nuevamente, como aquella vez en el estacionamiento o como cada vez que ella, en la sala de clases, se acercaba en silencio y le susurraba al oído, que le ayudara con alguna tarea.

“Eres mi caramelo, eso lo sabes desde siempre. Cada vez que podía decirlo en clases, lo hacía. Sonreías, pero te alejabas. Nunca supe si llegaste a quererme, pero mi corazón me dice que sí, que aunque lo niegues, algo sentías por mi. Pilar, el otro día te vi cuando salía de mi trabajo y quedé estupefacto. Nunca pensé que volvería a verte y menos en este momento, que mi vida está llena de cambios. Te cuento que estoy casado y tengo un par de preciosos hijos, pero la verdad es que si me dieras la oportunidad, dejo todo botado, por estar un segundo a tu lado. Espero me respondas este mensaje, porque la verdad es que me estoy volviendo loco. Se que el tiempo avanza rápido y no hay marcha atrás, pero necesito soñar un poco. Soñar que te tengo entre mis brazos y sentir tu respiración sobre mi piel. Acepta un café y luego vemos que pasa. La vida no puede ser tan cruel, como para no darme esta oportunidad. Te juro que dejo toda mi vida de lado, por estar solo en un hotel, motel, en mi auto o donde sea, aunque sea por medio segundo, contigo. Estás tan linda. No has cambiado nada desde que dejé de verte. Rubén, el mismo que te hacía reír en clases, se despide. Al menos por ahora. Un beso. Chao”, fue el mensaje que Rubén escribió en el Facebook de Pilar, pero al momento de hacer click, canceló.

Antropomúsica #31: Ahora es Miguel - Alberto Plaza

Ha pasado el tiempo y la vida de Sebastián parecía mejorar. Aun queda el recuerdo de su mujer, que falleció en un accidente automovilístico (Antropomúsica #09), pero ahora tiene una nueva ilusión. Hace un mes está saliendo con María Eugenia, pero su hija Javiera desconoce la novedad. Era necesario que ella supiera la actual situación amorosa de su padre y de paso, que no sea tan traumática a sus noveles años. Es por eso, que Sebastián programó un paseo por el zoológico con Javiera y María Eugenia.

El día esperado llegó y camino a casa de su nueva “amiga”, Sebastián prepara el terreno contando algunos detalles a su hija, que no se veía muy entusiasmada con la idea.

Sebastián: “María Eugenia es muy agradable, ya verás”

Javiera: “¿Es linda?

Sebastián: “Sí, hay que reconocer que es muy linda”

Javiera: “¿Más que la mamá?”

Sebastián: “Tu mamá siempre será la más hermosa del mundo”

Javiera: “¿Te acuerdas de ella?”

Sebastián: “Siempre. Además, estás tú y al verte a ti, la veo a ella”

Javiera: “¿Tengo que querer a esta?”

Sebastián: “María Eugenia”.

Javiera: “Yo tengo mamá. Está en el cielo, pero la tengo”

Sebastián: “No tienes que ser tan desagradable”

Javiera: “No puedes obligarme a quererla”

Sebastián: “Dale la oportunidad de conocerte, luego decides”

Javiera: “Sí, claro. Debe ser más fea”

Estando en casa de María Eugenia y esperando que termine de arreglarse, Javiera y Sebastián continúan la conversación.

Javiera: “Le podrías decir que se apure”

Sebastián: “No seas impaciente”

Javiera: “Pero tengo hambre, papá”

Sebastián: “Ya comerás algo muy rico y tomarás helado”

Javiera: “Yo no voy a querer a tu amiga”

Sebastián: “Como quieras, no me preocupa”

Javiera: “Mamá se sentiría muy mal si supiera lo que estás haciendo”

Sebastián: “Según recuerdo, eras tú quien quería tener una hermanita (Antr.opomúsica #28), ¿o no?”

Javiera: “En ese tiempo yo era una niña y no sabía lo que decía”

Sebastián: “Seguro ahora eres muy grande”

Javiera: “Papá, ubícate, ya tengo diez años”

Sebastián: “Lo siento, olvidaba lo grande que eres”

Javiera: “Dile que se apure”

Sebastián: “Mira, ahí viene. Que guapa te ves, María Eugenia”

Javiera: (En voz baja) “Cierra la boca, pareces un baboso así”

Ya en el lugar, Javiera se mantuvo en silencio, mostrándose evidentemente incómoda con toda esta nueva situación. María Eugenia, por su parte, notó lo enrarecido del ambiente y de igual modo se incomodó, pero su actitud siempre fue positiva, tratando que todo continuara grato. Sebastián, por su parte, no le dio importancia.

En un momento que Sebastián fue a comprar algunas cosas para comer, Javiera abordó a María Eugenia.

Javiera: “Yo no quiero que seas mi mamá, yo tengo mi mamá”

María Eugenia: “Pero podemos ser amigas, ¿Qué te parece?”

Javiera: “No me parece”

María Eugenia: “Cuando quieras puedes ir a mi casa y jugar con mis muñecas, las tengo desde niña y con mi perrita, es muy linda y juguetona”

Javiera: “Te dije que no quiero ser tu amiga. Mi papá es mío y de nadie más”

María Eugenia: ...

Javiera: “Yo no lo voy a compartir con nadie y menos contigo”

María Eugenia: “No quiero pelear contigo”

Javiera: “Mi mamá es mucho más linda que tú”

Regresa Sebastián, con unas bebidas y unos sandwichs para las chicas. María Eugenia está molesta, pero disimula de buen modo y Javiera se come rápido el ave – mayo y se va a jugar cerca de la jaula de los leones. Era el momento de desahogarse.

María Eugenia: “No quiero que te pelees con tu hija, pero se ha mostrado muy insolente conmigo”

Sebastián: “Creo saber el por qué”

María Eugenia: “Yo la entiendo, pero...”

Sebastián: “No te preocupes, ella tiene que entender que tengo el derecho a rehacer mi vida. Quédate tranquila, que esto no se repetirá”

María Eugenia: “Gracias, eres muy lindo y ella también lo es”

Sebastián: “Está bien. Ven, dame un beso”

Estaban en eso, cuando irrumpe Javiera, que grita desconsolada a la pareja y se rompe a llorar.

Javiera: “Suelta a esa mujer, papá. Tú no puedes besarte con ella. ¿Olvidaste a mi mamá? Tú estabas casado con ella. Suéltala, ¡Suéltata!”

Consolar a la niña fue una tarea titánica y al final, el que parecía ser un grato paseo, terminó siendo un total fracaso. Sebastián fue a dejar a María Eugenia, que se despidió con timidez y Javiera no habló durante el resto del día.

jueves 8 de julio de 2010

Pordefecto - Revista literaria

Están todos invitados a pasar por este nuevo proyecto colectivo...

http://pordefectorevista.blogspot.com/

jueves 1 de abril de 2010

Los finos harapos de la soledad II

La oscuridad de la noche era su única compañera. El frío era disimulado por una precaria fogata. El haber aprendido de papá le ayudó en estos momentos. Los coyotes rondan por todos lados, agazapados, atentos por si cae alguna víctima. Busca en sus bolsillos lo que recolectó durante el día. No estuvo tan mal. Alcanzaba para pasar la noche, total, mañana estaba obligada a salir por las calles en busca de la misericordia del ser humano. ¿Cuántas veces rechazó a un vagabundo, creyéndolos una aberración de Dios? Daba lo mismo, porque su orgullo estaba envuelto en papel de diario, escondido por algún rincón, quizás a un costado de sus sueños y recuerdos. Lo que importaba, era echarse algo en el buche, no había otra forma de llamarlo, porque hasta las sucias palomas de la plaza eran más dignas que su andrajosa figura. A los lejos escucha unos gritos. No le da mayor importancia, seguramente se trataba de algún merecido ajusticiamiento. “Nada es gratis”, se decía a sí misma, mientras tragaba los restos encontrados detrás del restaurant de calle Memoria Invicta. “No hay nada mejor que Aligot para este momento”, musitaba, mientras sonreía como una niña con juguete nuevo. “Mademoiselle, su pastis”, se decía. “Muchas gracias”, se repetía tomando su lata de conserva con un improvisado té de ruda. Las horas pasando y mientras trataba de conciliar el sueño, sintió unos jadeos en el fondo del callejón. Su fogata apenas humeaba y el frío ya la estaba consumiendo. Trató de incorporarse para huir del lugar y vio a una pareja de amantes tendiendo sexo de forma bestial, que parecía lucha greco romana. Un suspiro salió de sus labios, quedándose inmóvil, turbada frente a la erótica postal. Cerró sus ojos, escudriñando los añosos recovecos de lujuria, que por cierto y a pesar de ser una niña bien, tenía abarrotados recuerdos de sexo desmedido, disfrutados con locura. “A pesar de ser de un solo hombre, tuve muchos animales que me montaron como una ramera”, refiriéndose al casi centenar de amantes que tuvo en secreto, a espaldas de su respetado esposo.
La brutalidad que estaba viendo, le hizo traer a su mente una de sus grandes fantasías, que ni siquiera comentaba con sus amigas, cuáles más promiscuas que la otra. Siempre le atrajo la idea de ser violada. El sentir que un ser sucio, maloliente y de bajas intenciones la violentara, rasgara sus ropas y le metiera su pútrido pene en la casta – otra de sus fantasías –, rosada y húmeda vagina la seducía enormemente. Quizás fue por lo mismo que hace dos años ese sinvergüenza huyó mientras se la metía en el río. Ella no quiso espantar al depredador, pero su placer era mayor al asqueroso acto sexual y sus gemidos se escuchaban a varios metros a la redonda. Es más, intentó detener al sujeto, rompiéndole sus ropas para que terminara con la faena, transformándose ella en la violadora. Pobre hombre, incapaz de saciar sus bajos instintos.
El brillo de sus botones asustó a la pareja, que vistiéndose rápidamente para salir corriendo, se tropiezan con ella, que los queda mirando en silencio, soltando apenas un pequeño quejido orgásmico, mientras su mano continúa dentro de su peluda intimidad, sacándola poco a poco, acercándosela al hombre para que oliera y lamiera sus fluidos, el que huye despavorido junto a su mujer, alejándola con insultos. “Perra enferma” fue lo más suave que escuchó de él. Estaba conforme. Hace tiempo que no tenía un orgasmo de los dioses, como ella siempre decía. Ahora sí podía dormir plácidamente. Fue el mejor broche, el postre, para descansar y seguir con su lastimosa vida. Al menos, esa sonrisa no se iba a borrar fácilmente. “¿Dónde estará ese sinvergüenza? Sería interesante verlo nuevamente”, se dijo antes de dormir.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Los finos harapos de la soledad

La fría noche se notaba en su respirar. Sus harapos demostraban un pasado majestuoso. Aquel vestido cubierto por los rastros de humedad y suciedad subrayaban su realidad. Su vida no es como lo había dibujado. Sus delicadas manos, envueltas de dolor, hurgaban entre las bolsas de basura. Un mendrugo de pan era su preciado botín. Se refugió en la oscuridad, alerta, siguiendo con la mirada el accionar de las sombras nocturnas. Miraba a su alrededor mientras se echaba a la boca cada migaja que masticaba con placentera gratitud. Ni la mugre, ni el frío alteraba su finos modales. Su vida no era como la había pintado. Camina por las angostas calles, tropezando con las piedras que pavimentaban la ciudad. Cuesta caminar con aquellos zapatos de tacón, que a pesar de estar destrozados por el tiempo y su errante andar, brillaban con un impecable, pero triste color negro. Se detiene, mira sigilosamente hacia su izquierda. Trata de no respirar, para evitar que su rebelde problema pulmonar la delate. Se agazapa con dificultad entre unos vehículos. La noche era testigo de un cruel ajusticiamiento. Un hombre cae de tres certeras estocadas y se desangra mientras clama por ayuda. Sus gritos se ahogaban entre la sangre que vomitaba y el ruido de la ciudad. Como ocurre siempre en fines de semana, uno más cayó. ¿Qué podía ser más nefasto? Con un apretado suspiro agradeció no ser la de turno, pero mil veces ansía ser la próxima víctima, que le tocaría descansar. Se incorpora. Toma con virtud sus harapos para no trastabillar, se acomoda los tacones y camina en dirección desconocida, como siguiendo el infinito, pero se detiene frente al infortunado mártir, mirándolo con lástima, compadeciéndose del caído. Se acerca, investigando si hay alguna presencia por alrededor. Pobre hombre, su vida no era como la había deseado. Se agacha, revisa los bolsillos de la víctima, mientras él intentaba su último esfuerzo. Se miran directo a los ojos. El brillo de los suyos contrastaban con los angustiosos últimos parpadeos de quien no deseó su final. Ella cierra sus ojos, suspira profundo y saca un puñado de arrugados billetes de los bolsillos, como paga para el silencio. Se seca las lágrimas, mientras cierra los ojos del infortunado ser. Es hora de caminar. Los finos harapos de la mujer, se alejan en la oscuridad, destellando pálidamente las pocas lentejuelas que aun conservaba su abolengo pasado. Esta vez tuvo suerte, aun tendrá que vagar, maldiciendo a la vida, porque esta no era la que se había imaginado, pero que a veces, como esta noche, le da un guiño para continuar.

Amor ciego

Ya no le quedaban lágrimas. Estaba seca de tanto llorar por la pérdida. Sus hijos nunca le vieron correr una gota de dolor. Había que demostrar compostura ante la sociedad. La abultada cuenta en el banco aseguraba su vida, la de sus hijos y un par de generaciones más. Todos lamentaban el sensible fallecimiento de tan destacado empresario, reputado hasta en el las altas esferas. Hace unos minutos se había retirado el Monseñor, amigo personal de la familia y consejero tras la atribulado suceso. La vida es injusta, robándole al respetado clan su patriarca. ¿Por qué la vida se ensaña con los justos? Nadie lo puede determinar. Toma la fotografía del velador, se sienta en la cama con desazón y beso con dulzura el retrato de su gran amor. Ya nada importaba, porque ese maldito bastardo, que entre secretas noches de juego, drogas y alcohol, se revolcaba con prostitutas hasta el amanecer, donde debía escabullirse para no ser identificado, ya estaba muerto. Deja boca abajo la imagen de su marido, su gran amor, que a pesar de legarle la muerte en sus venas, se había ganado su eterna admiración, sentimiento que sólo desaparecerá cuando el VIH consuma lo poco que le queda de vida. Ya no le quedaban lágrimas, porque su promiscuo marido se las había secado con disimulado pudor.